Sinopsis de los Libros de la Biblia - Nuevo Testamento (J. N. Darby)

1 PEDRO (Sinopsis de los Libros de la Biblia (John N. Darby)

ÍNDICE SINOPSIS N.T.
INTRODUCCIÓN AL NUEVO TESTAMENTO
MATEO 1 - 14
MATEO 15 - 28
MARCOS
LUCAS 1 - 8
LUCAS 9 - 24
JUAN 1 - 12
JUAN 13 - 21
HECHOS
LAS EPÍSTOLAS: INTRODUCCIÓN
ROMANOS
1 CORINTIOS
2 CORINTIOS
GÁLATAS
EFESIOS
FILIPENSES
COLOSENSES
1 TESALONICENSES
2 TESALONICENSES
1 TIMOTEO
2 TIMOTEO
TITO
FILEMÓN
HEBREOS
SANTIAGO
1 PEDRO
2 PEDRO
1 JUAN
2 JUAN
3 JUAN
JUDAS
APOCALIPSIS

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SINOPSIS

de los Libros de la Biblia

 

1ª PEDRO

 

Todas las citas bíblicas se encierran entre comillas dobles (" ") y han sido tomadas de la Versión Reina-Valera Revisada en 1960 (RV60) excepto en los lugares en que además de las comillas dobles ("") se indican otras versiones mediante abreviaciones que pueden ser consultadas al final del escrito.

 

Introducción

 

Los destinatarios de las epístolas de Pedro

 

La primera Epístola de Pedro está dirigida a los creyentes entre los dispersos de Israel que se encuentran en aquellas provincias de Asia Menor que son nombradas en el primer versículo; la segunda epístola se declara como siendo una segunda dirigida a las mismas personas: de modo que una y otra estaban destinadas a los judíos de Asia Menor (es decir, a aquellos de entre ellos que tenían la misma fe preciosa que el Apóstol).

 

Capítulo 1

 

Los temas de las dos epístolas

 

La primera epístola está fundamentada sobre la doctrina del llamamiento celestial (yo no digo de la asamblea en la tierra [véase nota 1), lo cual no nos es presentado aquí) en contraste con la porción de los judíos en la tierra. Ella presenta a los cristianos como peregrinos y extranjeros en la tierra, y en particular a los cristianos entre los judíos. La conducta apropiada a los tales es desarrollada más ampliamente que la doctrina. El propio Señor Jesús quien fue un peregrino y un extranjero es presentado aquí como modelo en más de un aspecto. Ambas epístolas siguen el justo gobierno de Dios desde el principio hasta la consumación de todas las cosas, en la cual los elementos ardiendo serán deshechos, y hay cielos nuevos y tierra nueva en los cuales mora la justicia. La primera presenta el gobierno de Dios en favor de los creyentes; la segunda, el juicio de los inicuos.

 

[Nota 1]. Yo añado aquí "en la tierra", porque de la asamblea como edificada por el propio Jesús y aún no terminada se habla en el capítulo 2, donde las piedras vivas vienen a Cristo.

 

Sin embargo, al presentar el llamamiento celestial el Apóstol presenta necesariamente la salvación, — es decir, la liberación del alma en contraste con la liberación temporal de los judíos.

 

La descripción de los creyentes a los cuales se habla

presentada por el Espíritu

 

Lo siguiente es la descripción que el Espíritu presenta de estos creyentes. Ellos son elegidos, y esto según la presciencia de Dios Padre. Israel era una nación escogida en la tierra por Jehová. Aquí se trata de los que eran conocidos de antemano por el Padre. El medio mediante el cual se lleva a cabo su elección es la santificación del Espíritu Santo. Ellos son realmente apartados mediante el poder del Espíritu. Israel fue apartado mediante las ordenanzas; pero éstos son santificados para la obediencia de Jesucristo y para la aspersión de Su sangre, es decir, por una parte para obedecer como Él obedeció y por la otra para ser rociados con Su sangre y ser así perfectamente limpios delante de Dios. Israel había sido apartado para la obediencia de la ley y para esa sangre que si bien anunciaba la muerte como aprobación de su autoridad nunca podía limpiar el alma del pecado.

 

La porción del cristiano como peregrino y extranjero

con una herencia celestial

 

Tal era la posición del cristiano. El Apóstol desea para ellos gracia y paz, — la porción conocida de los creyentes. Él les recuerda las bendiciones con que Dios los había bendecido, bendiciendo al Dios que las había otorgado. Los israelitas creyentes no Le conocían ahora en el carácter de Jehová sino como el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.

 

Lo que el Apóstol presenta como fruto de Su gracia es una esperanza que trasciende este mundo; no la herencia de Canaán, herencia apropiada para el hombre que vive en la tierra, herencia que era la esperanza de Israel y sigue siendo la de la nación incrédula. La misericordia de Dios los había hecho renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos. Esta resurrección les mostraba una porción en otro mundo, y el poder que llevaba al hombre a él, aunque él hubiese estado sometido a la muerte: entraría en él por la resurrección, a través del glorioso triunfo del Salvador para compartir una herencia que es incorruptible, incontaminada y que no se marchita. El Apóstol no está hablando de nuestra resurrección con Cristo; él ve al cristiano como un peregrino aquí animado por el triunfo del propio Cristo en la resurrección, lo cual lo animaba teniendo él conciencia de que había un mundo de luz y felicidad ante él y un poder que lo llevaría a este mundo. Consecuentemente se habla de la herencia como "reservada en los cielos". En la Epístola a los Efesios nosotros estamos sentados en los cielos en Cristo, y la herencia es la de todas las cosas de las que Cristo mismo es heredero. Pero de hecho el cristiano es también un peregrino y un extranjero en la tierra; y es un fuerte consuelo para nosotros en nuestra peregrinación ver esta herencia celestial ante nosotros como una segura garantía de nuestra entrada en ella.

 

La herencia preservada en los cielos

y el cristiano guardado aquí por el poder de Dios

 

Otro inestimable consuelo es añadido. Si la herencia está preservada en los cielos para nosotros, nosotros somos guardados por el poder de Dios a través de toda nuestra peregrinación para que podamos disfrutar de ella al final. ¡Dulce pensamiento! Somos guardados aquí abajo a través de todos nuestros peligros y dificultades; y por otra parte la herencia está allí donde no hay contaminación ni posibilidad de deterioro.

 

El poder de Dios que actúa sustentando la fe en el corazón

 

Pero este poder nos preserva por medios morales (y Pedro habla siempre de esta manera), mediante la operación en nosotros de la gracia que fija el corazón sobre objetos que lo mantienen en conexión con Dios y con Su promesa. (Compárese con 2ª Pedro 1:4). Nosotros somos guardados por el poder de Dios mediante la fe. Alabado sea Dios. Es el poder de Dios mismo; pero dicho poder actúa sustentando la fe en el corazón, manteniéndola a pesar de todas las pruebas por encima de toda contaminación del mundo y llenando el afecto con cosas celestiales. No obstante, Pedro siempre ocupado con los modos de obrar de Dios respecto a este mundo sólo considera la parte que los creyentes tendrán en esta salvación, en esta gloria celestial, cuando ella será manifestada; cuando mediante esta gloria Dios establecerá Su autoridad en bendición sobre la tierra. Se trata realmente de la gloria celestial, pero de la gloria celestial manifestada como el medio del establecimiento del gobierno supremo de Dios en la tierra para Su gloria y para bendición del mundo entero.

 

La salvación preparada para ser manifestada;

 la manifestación de los santos en gloria

 

Es la salvación preparada para ser manifestada en el tiempo postrero. Esta palabra "preparada" es importante. Nuestro Apóstol dice también que el juicio está preparado para ser manifestado. (1ª Pedro 4:5). Cristo ha sido glorificado personalmente, ha vencido a todos Sus enemigos, ha consumado la redención. Él sólo espera una cosa: que Dios ponga a Sus enemigos por estrado de Sus pies. Él se ha sentado a la diestra de la Majestad en las alturas porque Él ha logrado todo en cuanto a glorificar a Dios allí donde estaba el pecado. Ello es la verdadera salvación de las almas, — la reunión de los Suyos que aún no ha terminado (2ª Pedro 3:9, 15); pero una vez que hayan sido hechos entrar todos los que han de participar en ella no hay nada que esperar en lo que respecta a la salvación, es decir, la gloria en que aparecerán los redimidos [véase nota 2]; ni por consiguiente en lo que respecta al juicio de los inicuos en la tierra, juicio que se consumará con la manifestación de Cristo. [Véase nota 3]. Todo está preparado. Este pensamiento es dulce para nosotros en nuestros días de paciencia, pero es un pensamiento que está lleno de solemnidad cuando reflexionamos acerca del juicio.

 

[Nota 2]. La doctrina de la reunión de los santos con Jesús en el aire cuando ellos van a Su encuentro no forma parte de la enseñanza de Pedro, como tampoco la de la asamblea en la tierra, con la cual está relacionada. Él habla de la manifestación de los santos en gloria porque se ocupa de los modos de obrar de Dios para con la tierra, aunque él lo hace en relación con el cristianismo.

 

[Nota 3]. Véase 2ª Tesalonicenses 1:9 y10.

 

Efectivamente, como dice el Apóstol, nosotros nos regocijamos grandemente en esta salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero. La estamos esperando. Es un tiempo de reposo, la bendición de la tierra, la manifestación plena de la gloria de Aquel que es digno de ella, el cual fue humillado y que padeció en lugar nuestro; es el tiempo en que la luz y la gloria de Dios en Cristo iluminarán el mundo y primero atarán y luego ahuyentarán todo su mal.

 

Gozo inefable y glorioso con aflicciones

y pruebas pasajeras:  el  futuro propósito de ellas  

 

Esta es nuestra porción: gozo abundante en la salvación que está a punto de ser manifestada y en la cual podemos regocijarnos siempre; aunque si es necesario para nuestro bien podamos estar afligidos por diversas pruebas. Pero ello es sólo por muy poco tiempo, — sólo una leve aflicción que pasa y que sólo viene sobre nosotros si es necesario a fin de que la preciosa prueba de la fe pueda tener su resultado en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo, a quien estamos esperando. Ese es el propósito de todas nuestras aflicciones y pruebas, transitorias y leves como son en comparación con el vasto resultado de la gloria excelente y eterna hacia la que ellas nos conducen conforme a la sabiduría de Dios y a la necesidad de nuestras almas. El corazón se apega a Jesús: Él aparecerá.

 

Nosotros Le amamos aunque nunca Le hemos visto. Aunque ahora nosotros no Le vemos nos alegramos En Él con gozo inefable y glorioso. Esto es lo que decide y forma el corazón, lo que lo fija y lo llena de gozo, con independencia de cómo pueda ser ello con respecto a nosotros en esta vida. Para nuestros corazones Él es quien llena toda la gloria. Por gracia yo seré glorificado, tendré la gloria; pero yo amo a Jesús, mi corazón anhela Su presencia, desea verle. Además, seremos semejantes a Él, y a Él perfectamente glorificado. El Apóstol bien puede decir: "Inefable y glorioso". El corazón no puede desear otra cosa: y si para nosotros son necesarias algunas leves aflicciones, las soportamos gustosamente puesto que ellas son un medio de formarnos para la gloria. Y podemos regocijarnos al pensar en la aparición de Cristo; porque al recibirle invisible en nuestro corazón nosotros recibimos la salvación de nuestra alma. Este es el objetivo y el propósito de la fe; mucho más precioso que las liberaciones temporales que disfrutó Israel aunque estas últimas fuesen muestras del favor de Dios.

 

Los tres pasos sucesivos de la revelación

de la gracia de salvación

 

El Apóstol pasa a desarrollar los tres pasos sucesivos de la revelación de esta gracia de salvación, — es decir, de la plena y total liberación de las consecuencias, los frutos y la miseria del pecado, — siendo estos tres pasos: las profecías; el testimonio del Espíritu Santo enviado desde el cielo; la manifestación de Jesucristo mismo cuando se cumpliera plenamente la liberación que había sido ya anunciada.

 

La predicción de los acontecimientos relacionados con Cristo

que iban totalmente más allá de las bendiciones judías;

Su rechazo abriendo paso también a la salvación del alma

 

Es interesante ver aquí de qué manera el rechazo del Mesías según las esperanzas judías ya anticipadas y anunciadas en los profetas abría necesariamente paso a una salvación que trajo consigo la del alma igualmente. Jesús ya no era visto; la porción terrenal no fue hecha realidad mediante Su primera venida; la salvación iba a ser revelada en los tiempos postreros. Pero fue revelada así una salvación del alma cuyo alcance total sería hecho realidad en la gloria que estaba a punto de ser revelada; porque ello era el gozo espiritual del alma en un Jesús celestial que no se veía, y que en Su muerte había consumado la expiación por el pecado, y en Su resurrección, según el poder de la vida del Hijo de Dios, había hecho renacer para una esperanza viva. Además, esta salvación era recibida mediante la fe, — esta verdadera liberación. Ella no era todavía la gloria y el reposo exterior; esa salvación tendría lugar realmente cuando Jesús apareciera, pero mientras tanto el alma disfrutaba ya por la fe de este perfecto reposo y en la esperanza incluso de la gloria misma.

 

El testimonio del Espíritu Santo enviado desde el cielo:

el cumplimiento de las cosas prometidas

cuando Cristo sea manifestado

 

Ahora bien, los profetas habían anunciado la gracia de Dios que había de cumplirse en favor de los creyentes y que incluso ahora imparte al alma el disfrute de esa salvación; y ellos habían escudriñado en sus profecías que habían recibido por inspiración de parte de Dios, procurando comprender qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo y las glorias que vendrían tras ellos. Porque el Espíritu habló de ambas cosas por medio de los profetas, y dio a entender, por consiguiente, algo más que una liberación temporal en Israel; porque el Mesías había de padecer. Y ellos descubrieron que no era para sí mismos ni para su tiempo que el Espíritu de Cristo anunciaba estas verdades con respecto al Mesías sino para los cristianos. Pero si bien los cristianos han recibido la salvación del alma por la revelación de un Cristo sentado en el cielo después de Sus padecimientos y que Él viene otra vez en gloria ellos no han recibido aquellas glorias que fueron reveladas a los profetas. Estas cosas han sido anunciadas con gran y divina claridad por el Espíritu Santo enviado desde el cielo después de la muerte de Jesús: pero el Espíritu no otorga la gloria misma en la que aparecerá el Señor; Él sólo la ha anunciado. Por lo tanto los cristianos deben ceñir los lomos de su entendimiento, ser sobrios y poner completamente su esperanza en la gracia que (en efecto) les será traída cuando Jesucristo sea manifestado. Tales son los tres pasos sucesivos en los tratos de Dios: la predicción de los acontecimientos relacionados con Cristo que iban totalmente más allá de las bendiciones judías; las cosas anunciadas por el Espíritu; el cumplimiento de las cosas prometidas cuando Cristo sea manifestado.

 

El carácter espiritual de la salvación

"que está preparada para ser manifestada"

 

Entonces, lo que el Apóstol presenta es una participación en la gloria de Cristo cuando Él sea manifestado; esa salvación de la que habían hablado los profetas, que iba a ser manifestada en los días postreros. Pero mientras tanto Dios había hecho renacer a los judíos creyentes para una esperanza viva por medio de la resurrección de Jesucristo de entre los muertos; y por medio de Sus padecimientos Él les había hecho comprender que incluso ahora mientras esperaban la manifestación de la gloria hecha realidad en la Persona de Jesús ellos disfrutaban de una salvación del alma ante la cual las liberaciones de Israel se desvanecían y podían ser olvidadas. Era realmente la salvación "preparada para ser manifestada" en toda su plenitud; pero por lo pronto ellos sólo la poseían en lo que respecta al alma. Pero al estar ella separada de la manifestación de la gloria terrenal, esta salvación tenía un carácter aún más espiritual. Por lo tanto ellos debían ceñirse los lomos mientras esperaban la manifestación de Jesús, y reconocer con acción de gracias que estaban en posesión del propósito de su fe. Ellos estaban en relación con Dios.

 

El derecho a disfrutar del efecto de la promesa

fundamentado en la obediencia, en la santidad

y en el temor de Dios

 

Al anunciar estas cosas mediante el ministerio de los profetas, Dios tuvo en vista a los cristianos y no a los profetas mismos. Esta gracia iba a ser comunicada a su debido tiempo a los creyentes; pero mientras tanto el Espíritu Santo enviado desde el cielo daba testimonio de ella para la fe y para el alma. Ella iba a ser traída en la manifestación de Jesucristo. La resurrección de Jesucristo que era la garantía del cumplimiento de todas las promesas y el poder de vida para el disfrute de ellos los había hecho renacer para una esperanza viva; pero el derecho a disfrutar del efecto de la promesa estaba fundamentado en otra verdad. Las exhortaciones nos conducen a esto. Ellos debían andar como hijos obedientes, dejando de seguir las concupiscencias que los habían guiado en los días de su ignorancia. Llamados por Aquel que es santo ellos debían ser santos en toda su manera de vivir, como está escrito. Además si ellos invocaban al Padre, el cual independientemente de la pretensión del hombre de mostrar respeto juzgaba según la obra de cada uno, debían conducirse en temor todo el tiempo de su peregrinación.

 

El juicio diario aplicado a la vida cristiana; el inmenso precio

de nuestra liberación que exige un andar adecuado

 

Obsérvese aquí que el autor no está hablando del juicio final del alma. En ese sentido "el Padre no juzga a ninguno, mas todo el juicio lo ha encomendado al Hijo". (Juan 5:22 – VM). De lo que aquí se habla es del juicio diario del gobierno de Dios en este mundo ejercido con respecto a Sus hijos. Conforme a ello él dice, "el tiempo de vuestra peregrinación". Se trata de un juicio aplicado a la vida cristiana. El temor del cual se habla no es una incertidumbre en cuanto a la salvación y la redención. Es un temor fundamentado en la certeza de que uno ha sido redimido; y el inmenso precio, el infinito valor del medio empleado para nuestra redención, — a saber, la sangre del Cordero sin mancha y sin contaminación, — es el motivo para temer a Dios durante nuestra peregrinación. Nosotros hemos sido redimidos de nuestra vana manera de vivir al precio de la sangre de Jesús: ¿podemos entonces seguir andando conforme a los principios de los que hemos sido así liberados? Un precio tal por nuestra liberación exige que andemos con circunspección y sobriedad ante el Padre, con quien deseamos tener comunión como privilegio y como relación espiritual.

 

Creer en Dios mediante Jesús: fe y esperanza en Dios

 

Luego el Apóstol aplica esta verdad a los cristianos a quienes se dirigía. En los consejos de Dios el Cordero había sido destinado desde antes de la fundación del mundo; pero Él fue manifestado en los postreros tiempos para los creyentes: y éstos son presentados en su verdadero carácter, ellos creen en Dios mediante Jesús, mediante este Cordero. Ellos no creen mediante la creación: pues aunque la creación es un testimonio de Su gloria ella no da reposo alguno a la conciencia y no habla de un lugar en el cielo. No es mediante la Providencia que incluso si bien dirige todas las cosas deja el gobierno de Dios en una oscuridad tan profunda. Tampoco es mediante la revelación de Dios en el Monte Sinaí bajo el nombre de Jehová y el terror relacionado con una ley quebrantada. Nosotros creemos mediante Jesús, el Cordero de Dios; y observen que no se dice: «en el cual creéis en Dios", sino, "mediante el cual creéis en Dios". Nosotros conocemos a Dios como Aquel que nos amó cuando éramos pecadores y estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, y dio a este precioso Salvador para que descendiera incluso hasta la muerte en la que estábamos para tomar parte en nuestra posición de yacentes bajo este juicio y morir como el Cordero de Dios. Creemos en Dios el cual mediante Su poder cuando Jesús estuvo allí por nosotros, — en nuestro lugar, — Le levantó de entre los muertos y Le dio gloria. Por lo tanto, es en un Dios-Salvador, un Dios que ejerce Su poder en nuestro favor, en quien creemos mediante Jesús, de modo que nuestra fe y nuestra esperanza están en Dios. La epístola no dice en algo anterior a Dios sino en Dios mismo. Entonces ¿dónde surgirá alguna causa para el temor o la desconfianza con respecto a Dios si nuestra fe y nuestra esperanza están en Él? Esto lo cambia todo. El aspecto en que nosotros vemos a Dios cambia por completo; y este cambio está fundamentado en aquello que establece la justicia de Dios al aceptarnos como limpios de todo pecado, en el amor de Dios al bendecirnos perfectamente en Jesús, a quien Su poder ha resucitado de entre los muertos y Le ha glorificado, — el poder según el cual Él nos bendice. Nuestra fe y nuestra esperanza están en Dios.

 

La nueva naturaleza:

renacidos de simiente incorruptible por la palabra de Dios

 

Esto nos coloca en la más íntima de las relaciones con el resto de los redimidos los cuales son los objetos del mismo amor, lavados por la misma sangre preciosa, redimidos por el mismo Cordero, ellos llegan a ser, — para aquellos cuyos corazones han sido purificados por la recepción de la verdad por medio del Espíritu, — objetos de un tierno amor fraternal, un amor no fingido. Ellos son nuestros hermanos. Entonces amémonos unos a otros entrañablemente, de corazón puro. Pero esto está fundamentado en otro principio esencialmente vital. Es una nueva naturaleza la que actúa en este afecto. Si hemos sido redimidos por la sangre preciosa del Cordero sin mancha hemos nacido de la simiente incorruptible de la Palabra de Dios que vive y permanece para siempre. Porque la carne no es más que hierba, y la gloria del hombre es como flor de la hierba. La hierba se seca, su flor se cae, pero la Palabra del Señor permanece para siempre. Esta es la palabra del evangelio que nos ha sido anunciada. Es un principio eterno de bendición. El creyente no nace según la carne para disfrutar de derechos y bendiciones temporales, como era el caso con respecto a un judío sino de una simiente incorruptible, un principio de vida tan inmutable como la misma Palabra de Dios. Así se los había dicho el profeta al consolar al pueblo de Dios; toda carne, la nación misma, no era más que hierba seca. Dios era inmutable, y la Palabra que por su certeza inmutable aseguraba las bendiciones divinas a los objetos del favor de Dios obraba en el corazón para engendrar una vida tan inmortal e incorruptible como la Palabra que es su fuente.

 

Capítulo 2

 

La leche de la Palabra

 

De este modo, limpios y nacidos de la Palabra ellos debían despojarse de todo engaño, hipocresía, envidias, calumnias; y como niños recién nacidos debían buscar esta leche del entendimiento para crecer mediante ella (porque la Palabra es la leche del niño, así como fue la simiente de su vida); y nosotros debemos recibirla como niños con toda sencillez, ya que hemos sentido verdaderamente que el Señor es bueno y lleno de gracia. No es a Sinaí (donde Jehová Dios anunció Su ley desde en medio del fuego de modo que ellos suplicaron no oír más su voz), a donde yo he venido o desde donde el Señor está hablando. Ya que yo he gustado y comprendido que el Señor actúa en gracia, que Él es amor para conmigo, y que Su Palabra es la expresión de esa gracia así como ella comunica vida, yo desearé alimentarme de esta leche del entendimiento de la que el creyente disfruta en proporción a su sencillez; esa buena Palabra que no me anuncia más que gracia y el Dios que necesito como todo gracia, lleno de gracia, actuando en gracia, como revelándose a mí en este carácter, un carácter que Él nunca puede dejar de mantener hacia mí haciéndome partícipe de Su santidad.

 

La casa de piedras vivas edificada sobre la Piedra Viva

 

Yo conozco ahora al propio Señor: He gustado lo que Él es. Además, esto está todavía en contraste con la condición legal del judío aunque ello es el cumplimiento de lo que los Salmos y los profetas habían anunciado (con el añadido de que la resurrección había revelado claramente una esperanza celestial). Eran ellos mismos los que eran ahora la casa espiritual, el sacerdocio santo. Ellos se acercaban a la Piedra Viva, desechada por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, y eran edificados sobre ella como piedras vivas. El Apóstol se deleita en esta palabra, "viva". Fue a él a quien el Padre había revelado que Jesús era el Hijo del Dios viviente. (Mateo 16:13 a 18). Nadie más Le había confesado en aquel entonces como tal y el Señor le dijo que sobre esta roca (es decir, sobre la Persona del Hijo de Dios en poder de vida manifestado en la resurrección, resurrección que anunció que Él era quien decía ser) Él edificaría Su asamblea. Por su fe Pedro participó de la naturaleza de esta roca viva. Entonces aquí (capítulo 2:5), él extiende este carácter a todos los creyentes y exhibe la casa santa edificada sobre la Piedra Viva que Dios mismo había puesto como piedra del ángulo, escogida y preciosa. Todo aquel que creyere en él no sería avergonzado. [Véase nota 4].

 

[Nota 4]. En este pasaje, por así decirlo (como sólo en este), Pedro plantea la doctrina de la asamblea y él lo hace bajo el carácter de un edificio, no de un cuerpo o una esposa; él presenta lo que Cristo edificaba y no lo que estaba unido a Él. Así nos lo presenta también Pablo en Efesios 2:20 y 21. Desde este punto de vista, aunque continúa en la tierra, es la obra de Cristo y es un proceso continuo; no se hace referencia a ningún instrumento humano: "[Yo] edificaré", dice Cristo; "va creciendo", dice Pablo; piedras vivas se acercan a Él, dice Pedro. Esto no debe ser confundido con el edificio en el que los hombres pueden edificar madera, heno y hojarasca, como siendo la misma cosa; aunque la cosa externa que Dios estableció como buena, dejada a la responsabilidad del hombre pronto se corrompió, como siempre. Los individuos son edificados por la gracia y este edificio crece hasta convertirse en un templo santo. Todo esto se refiere a Mateo 16. La responsabilidad del servicio humano a este respecto se encuentra en 1ª Corintios capítulo 3 y la asamblea es presentada allí desde otro punto de vista. El cuerpo es completamente otra cosa; la doctrina es enseñada en Efesios capítulos 1 a 4, 1ª Corintios capítulo 12, y otros pasajes.

 

 

La preciosidad de Cristo para los creyentes;

el destino de la incredulidad

 

Ahora bien, esta piedra no sólo era preciosa a los ojos de Dios sino también a los ojos de la fe, la cual, — por débiles que pueden ser sus poseedores, — ve como Dios ve. Para los incrédulos esta piedra era piedra de tropiezo y roca que hace caer. Ellos tropezaban en la Palabra, siendo desobedientes, para lo cual fueron también destinados. El autor no dice que ellos estaban destinados al pecado ni a la condenación, sino que estos pecadores incrédulos y desobedientes, la raza judía, — durante mucho tiempo rebelde y continuamente exaltándose contra Dios, — fueron destinados a encontrar en el Señor de la gracia mismo una roca que hace caer; y a tropezar y caer en aquello que para la fe era la piedra preciosa de salvación. A esta caída en particular fue destinada la incredulidad de ellos.

 

Creyentes judíos individuales entrando

en la bendición celestial, aunque el rechazo de Cristo

por parte de la nación había perdido

las promesas terrenales

 

Por el contrario, aquellos que creían entraban en el disfrute de las promesas hechas a Israel y ellos lo hacían de la manera más excelente. La gracia, — y la fidelidad misma de Dios, — había traído el cumplimiento de la promesa en la Persona de Jesús, el siervo de la circuncisión para mostrar la verdad de Dios, para confirmar las promesas hechas a los padres. (Romanos 15:8). Y aunque la nación Le había rechazado Dios no privaría de las bendiciones a aquellos que, — a pesar de toda esta dificultad para la fe y para el corazón, — se habían sometido a la obediencia de la fe y se habían unido a Aquel que era el despreciado de la nación. Ellos no podían tener la bendición de Israel con la nación en la tierra porque la nación Le había rechazado; pero fueron llevados plenamente a la relación con Dios de un pueblo aceptado por Él. El carácter celestial que la bendición asumía ahora no destruía la aceptación de ellos conforme a la promesa; sólo que ellos entraban en ella conforme a la gracia. Porque la nación, como nación, la había perdido; no sólo hacía mucho tiempo por la desobediencia, sino ahora al rechazar a Aquel que vino en gracia para impartirles el efecto de la promesa.

 

Los títulos y privilegios otorgados al remanente creyente;

la obediencia del Mesías es el fundamento

de la bendición de ellos

 

Por lo tanto, el Apóstol aplica el carácter de "nación santa" al remanente escogido invistiéndolos en lo principal con los títulos otorgados en Éxodo capítulo 19, condicionados a la obediencia pero aquí en conexión con el Mesías, el disfrute de ellos de estos títulos fundamentados en la obediencia de Él y de los derechos adquiridos ,mediante la fe de ellos en Él.

 

Pero estando los privilegios del remanente creyente fundamentados en el Mesías el Apóstol va más allá y les aplica las declaraciones de Oseas capítulo 2 que están relacionadas con Israel y Judá una vez restablecidos en la plenitud de la bendición en los días postreros, disfrutando aquellas relaciones con Dios a las que la gracia los llevará en aquel tiempo.

 

El autor dice, "Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido". Estas casi son las palabras de Éxodo capítulo 19. Él continúa: "vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia". Estas son las palabras de Oseas capítulo 2. Esto pone ante nosotros de la manera más interesante el principio en el que se fundamenta la bendición. En el libro del Éxodo el pueblo iba a tener esta bendición si obedecía exactamente la voz de Dios. Pero Israel no había obedecido, había sido rebelde y de dura cerviz, se había ido tras dioses ajenos y había rechazado el testimonio del Espíritu; sin embargo, después de su infidelidad Dios mismo puso en Sion una Piedra, una principal piedra del ángulo, y quien creyere en Él no sería avergonzado. Es gracia que cuando Israel hubo fracasado en todos los aspectos y hubo perdido todo en el terreno de la obediencia, Dios les concediera mediante Jesús, mediante la gracia, aquello que se les había prometido al principio a condición de obedecer. De esta manera todo les estaba asegurado.

 

Una vez ejecutado el juicio,

Dios vuelve a Sus propósitos irrevocables de gracia

 

El asunto de la obediencia estaba resuelto, — acerca de la desobediencia de Israel, — por gracia y mediante la obediencia de Cristo, el fundamento puesto por Dios en Sion. Pero este principio de gracia que abunda sobre el pecado, — mediante el cual es mostrada la incapacidad de la desobediencia para frustrar los propósitos de Dios porque esta gracia vino después que la desobediencia fue completa, — este principio, tan glorioso y tan consolador para el pecador convicto es confirmado de una manera sorprendente mediante la cita de Oseas. En este pasaje del profeta Israel no solamente es presentado como culpable sino como habiendo ya experimentado el juicio. Dios había declarado que no tendría más misericordia (con respecto a Su paciencia hacia las diez tribus); y que Israel ya no era Su pueblo (en Su juicio sobre la infiel Judá). Pero después, una vez ejecutado el juicio, Él vuelve a Sus propósitos irrevocables de gracia y atrae a Israel como a una esposa abandonada y le da el valle de Acor como una puerta de esperanza, — el valle de la turbación en el que Acán fue muerto a pedradas (Josué capítulo 7), el primer juicio sobre el Israel infiel después de su entrada en la tierra prometida. Porque el juicio es transformado en gracia y Dios comienza todo de nuevo sobre un nuevo principio. Era como si Israel hubiera vuelto a salir de Egipto pero sobre un principio completamente nuevo. Él la desposa con Él para siempre en justicia, en juicio, en gracia, en misericordia, y todo es bendición. Luego la llama "Ruhama", 'El objeto de misericordia'; y "Ammi", "pueblo mío".

 

Entonces, estas son las expresiones que el Apóstol usa aplicándolas al remanente que creía en Jesús, la piedra de tropiezo para la nación pero la principal piedra del ángulo de Dios para el creyente. La condición es así eliminada y en lugar de una condición tenemos bendición después de la desobediencia, y después del juicio tenemos la plena y segura gracia de Dios fundamentada (en su aplicación a los creyentes) en la Persona, la obediencia y la obra de Cristo.

 

El valle de la turbación llega a ser

puerta de esperanza

 

Es conmovedor ver la expresión de esta gracia en el término "Acor". Fue el primer juicio sobre Israel en la tierra prometida por haberse ellos contaminado con la cosa prohibida. Y es allí donde esa esperanza es presentada; tan completamente cierto es que la gracia triunfa sobre la justicia (véase Santiago 2:13). Y esto es lo que ha tenido lugar de la manera más excelente en Cristo. El juicio mismo de Dios llega a ser en Él puerta de esperanza habiendo desaparecido para siempre tanto la culpa como el juicio.

 

El doble sacerdocio:

(1) el "sacerdocio santo" de Aarón

 

Dos partes de la vida cristiana, — teniendo presente que ella es la manifestación del poder espiritual, — resultan de esto, en el doble sacerdocio; de los cuales uno responde a la actual posición de Cristo en lo alto y el otro de manera anticipativa a la manifestación de Su gloria en la tierra, — los sacerdocios de Aarón y de Melquisedec. Porque Él está ahora dentro del velo conforme al tipo de Aarón; después Él será sacerdote en Su trono, — ello será la manifestación pública de Su gloria en la tierra. De este modo los santos ejercen "un sacerdocio santo" (versículo 5) para ofrecer sacrificios espirituales de alabanza y acción de gracias. ¡Dulce privilegio del cristiano llevado así a estar lo más cerca posible de Dios! Él ofrece, — seguro de ser aceptado pues es por medio de Jesús que él los ofrece, — sus sacrificios a Dios.

 

Esta parte de la vida cristiana es la primera, la más excelente, la más vital, la fuente de la otra (que es su expresión aquí abajo); y es la más excelente porque en su ejercicio nosotros estamos en conexión inmediata con el Objeto divino de nuestros afectos. Estos sacrificios espirituales son el reflejo, por la acción del Espíritu Santo, de la gracia que disfrutamos; aquello que el corazón devuelve a Dios movido por los excelentes dones de que somos objeto y por el amor que los ha dado. El corazón (por medio del poder del Espíritu Santo) refleja todo lo que le ha sido revelado en gracia adorando al Autor y Dador de todo según el conocimiento que tenemos de Él mismo por este medio; los frutos de la Canaán celestial en la que participamos presentados como ofrenda a Dios; la entrada del alma a la presencia de Dios para alabarle y adorarle.

 

Este es el sacerdocio santo conforme a la analogía del sacerdocio de Aarón y del templo de Jerusalén que Dios habitó como Su casa.

 

El doble sacerdocio:

(2) el "real sacerdocio" de Melquisedec

 

El segundo sacerdocio del cual habla el Apóstol es para mostrar las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. Su descripción ha sido tomada de Éxodo capítulo 19 tal como hemos visto. Se trata de un linaje escogido, una nación santa, un real sacerdocio. Yo sólo aludo al sacerdocio de Melquisedec para mostrar el carácter de un real sacerdocio. Los sacerdotes de entre los judíos se acercaban a Dios. Dios había formado al pueblo para Sí mismo: ellos debían mostrar todas Sus virtudes, Sus alabanzas. Cristo hará esto perfectamente en el día de Su gloria. El cristiano está llamado a hacerlo ahora en este mundo. Él ha de reproducir a Cristo en este mundo. Esta es la segunda parte de su vida.

 

Se observará que el primer capítulo de esta epístola presenta al cristiano como animado por la esperanza pero bajo prueba, — la preciosa prueba de la fe. El segundo capítulo lo presenta en sus privilegios, como de un santo y real sacerdocio, por medio de la fe.

 

Exhortaciones al cristiano como un peregrino en la tierra

para que siga la senda de la fidelidad a Dios

 

Después de esto (capítulo 2:11), el Apóstol comienza sus exhortaciones. Con independencia de cuáles pueden ser los privilegios del cristiano en su posición como tal él es visto siempre como un peregrino en la tierra; y como hemos visto el gobierno constante de Dios es el objeto que se presenta a la mente del Apóstol. Pero él les advierte en primer lugar con respecto a lo que es interior, contra aquellas fuentes de las que brotan las corrupciones, corrupciones que (en la escena de este gobierno) deshonrarían el nombre de Dios e incluso traerían juicio.

 

La manera de vivir de ellos debía ser buena entre los gentiles. Los cristianos llevaban el nombre de Dios. La mente de los hombres que es hostil a Su nombre procuraba infamarlo atribuyendo a los cristianos la mala conducta que ellos mismos seguían sin remordimiento a la vez que se quejaban (capítulo 4:4) de que no estuviesen con ellos en los mismos excesos y desorden. El cristiano sólo tenía que seguir la senda de la fidelidad a Dios. En el día en que Dios visite a los hombres estos calumniadores con su voluntad quebrantada y su soberbia subyugada por la visitación de Dios serán llevados a confesar, — al considerar las buenas obras que a pesar de sus calumnias siempre habían alcanzado sus conciencias, — que Dios había actuado en estos cristianos, que Él había estado presente entre ellos.

 

La senda del cristiano en un mundo en el que Dios permite

que los suyos sufran por causa de la justicia

o por el nombre de Cristo

 

Después de esta exhortación general, breve pero importante para los creyentes, el Apóstol se ocupa de la senda inherente a los cristianos en un mundo en el que por una parte Dios vela sobre todo pero en el que permite que los Suyos sufran ya sea por causa de la justicia o por el nombre de Cristo pero en el que nunca debiesen padecer por haber obrado mal. Entonces la senda del cristiano está señalada. Por causa del Señor él se somete a las ordenanzas o instituciones humanas. Él honra a todos y a cada uno en su lugar para que nadie tenga que presentar alguna afrenta pública contra él. Él está sujeto a sus amos aunque sean hombres malos y cede a sus malos tratos. Si él se sujetara sólo a los buenos y amables un esclavo mundano haría lo mismo; pero si habiendo obrado bien él sufre y lo soporta con paciencia esto es aprobado delante de Dios, ello es gracia. Cristo actuó así y a esto estamos llamados. Cristo padeció de esta manera y nunca respondió con recriminaciones o amenazas a los que Le molestaban sino que se encomendó a Aquel que juzga justamente. A Él pertenecemos. Él ha padecido por nuestros pecados para que habiendo sido nosotros liberados de ellos vivamos para Dios. Estos cristianos de entre los judíos habían sido como ovejas descarriadas [véase nota 5]; pero ahora eran llevados de regreso al Pastor y Obispo de sus almas. Pero ¡cuán enteramente muestran estas exhortaciones que el cristiano es uno que no es de este mundo sino que tiene su senda a través de él: sin embargo, esta senda era la senda de la paz en ella!

 

[Nota 5]. Yo supongo que esto es una alusión al último versículo del Salmo 119. El Apóstol coloca constantemente a los judíos cristianos en el terreno del remanente bienaventurado sólo que haciendo de ello una salvación del alma.

 

Capítulo 3

 

Exhortaciones a mujeres y a maridos

 

Asimismo, las mujeres debían estar sujetas a sus maridos con toda modestia y pureza para que este testimonio del efecto de la Palabra mediante sus frutos pudiera tomar el lugar de la Palabra misma si sus maridos no la oían. Ellas debían descansar con paciencia y mansedumbre en la fidelidad de Dios y no alarmarse al ver el poder de los que se oponían. (Compárese con Filipenses 1:28).

 

De la misma manera los maridos debían vivir con la mujer siendo gobernados sus afectos y relaciones por el conocimiento cristiano y no por alguna pasión humana; honrando a la mujer y andando con ella como coherederas de la gracia de la vida.

 

El andar de todos los creyentes bajo la mirada de Dios

 

Por último, todos debían andar en el espíritu de paz y benignidad  llevando con ellos en su trato con los demás la bendición de la que ellos mismos eran herederos, y por consiguiente cuyo espíritu debían llevar siempre con ellos. Siguiendo el bien, teniendo la lengua gobernada por el temor del Señor, evitando el mal y buscando la paz ellos disfrutarían tranquilamente de la vida actual bajo la mirada de Dios. Porque los ojos del Señor están sobre los justos y Sus oídos atentos a sus oraciones; pero el rostro del Señor está contra aquellos que hacen el mal. Y además ¿quién les haría daño si ellos seguían sólo el bien?

 

La conciencia de la presencia de Dios:

el secreto de la confianza y de la paz;

la necesidad de una buena conciencia

 

Este es entonces el gobierno de Dios, el principio sobre el cual Él supervisa el curso de este mundo. Sin embargo no se trata ahora de un gobierno directo e inmediato que impida todo mal. El poder del mal todavía actúa sobre la tierra; los que están animados por él se muestran hostiles a los justos y actúan por medio de ese temor que Satanás es capaz de producir. Pero dando al Señor Su lugar en el alma este temor que el enemigo excita ya no tiene un lugar allí. Si el corazón es consciente de la presencia de Dios, ¿puede ese corazón temblar ante la presencia del enemigo? Este es el secreto de la confianza y de la paz al confesar a Cristo. Entonces los instrumentos del enemigo procuran desviarnos y abrumarnos mediante sus pretensiones; pero la conciencia de la presencia de Dios disipa esas pretensiones y destruye todo el poder de ellos. Descansando en la fuerza de Su presencia nosotros estamos preparados para responder a quienes nos preguntan el motivo de nuestra esperanza con mansedumbre y santa reverencia alejados de toda levedad. Para todo esto es necesario tener una buena conciencia. Nosotros podemos llevar a Dios una mala conciencia para que Él nos pueda perdonar y tener misericordia de nosotros; pero si tenemos una mala conciencia no podemos resistir al enemigo, — nosotros le tememos. Por una parte nosotros tememos su malicia; por otra hemos perdido la conciencia de la presencia y de la fortaleza de Dios. Cuando nosotros andamos delante de Dios no tememos nada; el corazón es libre: no tenemos que pensar en nosotros mismos, pensamos en Dios; y los que se oponen se avergüenzan de haber acusado falsamente a aquellos cuya conducta es irreprensible y contra quienes no se puede traer nada excepto la calumnia de sus enemigos, calumnias que se vuelven para la propia vergüenza de ellos.

 

 

Padecer haciendo el bien o haciendo el mal

 

Puede ser que Dios considere que está bien que nosotros padezcamos. Si ello es así es mejor que padezcamos haciendo el bien que haciendo el mal. El Apóstol da un motivo conmovedor para ello: Cristo padeció una sola vez por los pecados; que eso sea suficiente; padezcamos nosotros sólo por la justicia. Padecer por el pecado fue Su tarea; Él la llevó a cabo y Él lo hizo una vez para siempre; siendo a la verdad muerto en cuanto a Su vida en la carne pero vivificado según el poder del Espíritu divino.

 

Cristo predicando a los desobedientes

(cuyos espíritus están ahora encarcelados)

mediante Su Espíritu en Noé

 

El pasaje que sigue a continuación ha ocasionado dificultades a los lectores de las Escrituras; pero a mí me parece sencillo si percibimos el objetivo del Espíritu de Dios. Los judíos esperaban un Mesías corporalmente presente que liberase a la nación y exaltase a los judíos a la cima de la gloria terrenal. Pero nosotros sabemos que Él no estuvo presente de esa manera y los judíos creyentes tuvieron que soportar los escarnios y el aborrecimiento de los incrédulos a causa de la confianza de ellos en un Mesías que no estuvo presente y que no había obrado ninguna liberación para el pueblo. Los creyentes poseían la salvación de su alma y conocían a Jesús en el cielo; pero a los hombres incrédulos eso no les importaba. Por eso el Apóstol cita el caso del testimonio de Noé. Los judíos creyentes eran pocos en cuanto a número y Cristo era de ellos sólo conforme al Espíritu. Mediante el poder de aquel Espíritu Él había sido levantado de entre los muertos. Fue mediante el poder del mismo Espíritu que Él había ido, — sin estar presente corporalmente, — a predicar en Noé. El mundo era desobediente (como los judíos en los días del Apóstol), y sólo ocho almas fueron salvadas; así como ahora los creyentes no eran más que una manada pequeña. Pero los espíritus de los desobedientes estaban ahora encarcelados porque no obedecieron a Cristo presente entre ellos mediante Su Espíritu en Noé. La paciencia de Dios esperaba en aquel entonces como ahora con respecto a la nación judía; el resultado sería el mismo. Así ha sido.

 

Esta interpretación es confirmada (al contrario de la que supone que el Espíritu de Cristo predicó en el hades a las almas que habían estado confinadas allí desde el diluvio) por la consideración de que en Génesis se dice: "No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre, porque ciertamente él es carne; mas serán sus días ciento veinte años". (Génesis 6:3).  Es decir, Su Espíritu contendería en el testimonio de Noé durante ciento veinte años y no más. Ahora bien, sería algo extraordinario que sólo con esas personas (pues Él habla de ellas solamente) Jehová contendiese dando testimonio después de la muerte de ellas. Además nosotros podemos observar que al considerar que esta expresión significa el Espíritu de Cristo en Noé sólo utilizamos una conocida frase de Pedro; porque tal como hemos visto él es quien dijo: "El Espíritu de Cristo que estaba en ellos (en los profetas)". (1ª Pedro 1:10 y 11).

 

El bautismo comparado con el arca de Noé en el diluvio;

la resurrección y ascensión de Cristo

presentando una buena conciencia y un Cristo celestial

 

Entonces estos espíritus están encarcelados porque no oyeron al Espíritu de Cristo en Noé (compárese con 2ª  Pedro 2:5 a 9). El Apóstol añade a esto  la comparación del bautismo con el arca de Noé en el diluvio. Noé fue salvado a través del agua; nosotros también; porque el agua del bautismo tipifica la muerte, así como el diluvio fue, por así decirlo, la muerte del mundo. Ahora bien, Cristo pasó a través de la muerte y ha resucitado. Nosotros entramos en la muerte en el bautismo; pero ello es como entrar en el arca porque Cristo en la muerte padeció por nosotros y ha salido de ella en resurrección así como Noé salió del diluvio para comenzar, por así decirlo, una nueva vida en un mundo de resurrección. Ahora bien, habiendo pasado Cristo a través de la muerte Él ha hecho expiación por los pecados y al pasar nosotros a través de ella en espíritu dejamos en ella todos nuestros pecados, como Cristo hizo en realidad por nosotros; pues Él fue levantado sin los pecados que expió en la cruz. Y ellos eran nuestros pecados; y así, por la resurrección nosotros tenemos una buena conciencia. Mediante el bautismo nosotros pasamos a través de la muerte en espíritu y en figura. La fuerza del asunto es la resurrección de Cristo después de haber llevado a cabo la expiación; por tanto, resurrección por la cual tenemos una buena conciencia.

 

Ahora bien, esto es lo que los judíos tenían que aprender. El Cristo subió al cielo y a todas las autoridades y potestades se las hizo someterse a Él. Él está a la diestra de Dios. Por consiguiente nosotros no tenemos un Mesías en la tierra sino una buena conciencia y un Cristo celestial.

 

Capítulo 4

 

Los principios generales del gobierno de Dios;

padeciendo por causa de la justicia

en relación con el gobierno y con el juicio de Dios

 

Desde el principio de este capítulo hasta el final del versículo 7 el Apóstol continúa hablando de los principios generales del gobierno de Dios exhortando al cristiano a obrar conforme a los principios de Cristo que le harían evitar el andar condenado por aquel gobierno mientras esperaba el juicio del mundo por el Cristo a quien él servía. Tal como nosotros hemos visto al final del capítulo anterior Cristo glorificado estaba preparado para juzgar; y los que se exasperaban contra los cristianos y se dejaban llevar por sus pasiones sin preocuparse del juicio venidero tendrían que dar cuenta a aquel Juez a quien se negaban a reconocer como Salvador.

 

Se observará aquí que se trata del hecho de padecer por causa de la justicia (véase capítulos 2:19 y 3:17) en conexión con el gobierno y con el juicio de Dios. El principio era éste: a saber, ellos aceptaban y seguían al Salvador a quien el mundo y la nación rechazaron; ellos andaban siguiendo Sus santas pisadas en justicia como peregrinos y extranjeros abandonando la corrupción que reinaba en el mundo. Andando en paz y siguiendo el bien ellos evitaban hasta cierto punto los ataques de los demás; y los ojos de Aquel que vela desde lo alto sobre todas las cosas se posaban sobre los justos. Sin embargo, en las relaciones de la vida ordinaria (véase capítulo 2:18), y en el trato de ellos con los hombres ellos podían tener que padecer y soportar flagrante injusticia. Ahora bien, no había llegado aún el tiempo del juicio de Dios. Cristo estaba en el cielo; Él había sido rechazado en la tierra, y la parte del cristiano era seguirle a Él. El tiempo de la manifestación del gobierno de Dios sería en el juicio que Cristo ejecutaría. Mientras tanto el andar de ellos en la tierra había proporcionado el modelo de aquello que el Dios del juicio aprobaba (véase capítulos 2:21-23 y 4:1 y versículos siguientes).

 

Ellos debían hacer el bien, padecer por ello y ser pacientes. Esto es aprobado delante de Dios; esto es lo que Cristo hizo. Era mejor que ellos padecieran haciendo el bien si Dios lo consideraba oportuno que haciendo el mal. Cristo (véase capítulo 2:24) había llevado nuestros pecados, había padecido por nuestros pecados, el Justo por los injustos, para que estando nosotros muertos a los pecados vivamos para la justicia y para llevarnos a Dios mismo. Cristo está ahora en lo alto; está preparado para juzgar. Cuando llegue el juicio los principios del gobierno de Dios serán manifestados y prevalecerán.

 

La muerte de Cristo aplicada de manera práctica

a estar muertos a los pecados

en contraste con la vida de los gentiles

 

El comienzo del capítulo 4 requiere algunas observaciones más detalladas. La muerte de Cristo es aplicada allí de manera práctica al hecho de estar muertos a los pecados; un estado presentado en contraste con la vida de los gentiles.

 

Cristo en la cruz (el Apóstol alude al versículo 18 del capítulo anterior) padeció en la carne por nosotros. De hecho Él murió con respecto a Su vida humana. Nosotros debemos armarnos con el mismo pensamiento y no permitir ninguna actividad de la vida o de las pasiones conforme a la voluntad del viejo hombre sino padecer en cuanto a la carne no cediendo jamás a su voluntad. El pecado es la acción en nosotros de la voluntad de la carne, la voluntad del hombre vivo en este mundo. Cuando esta voluntad actúa el principio del pecado está allí; porque nosotros debiésemos obedecer. La voluntad de Dios debiese ser el manantial de nuestra vida moral; y con mayor motivo porque ahora que tenemos el conocimiento del bien y del mal, — ahora que la voluntad de la carne insumisa a Dios está en nosotros, — debemos tomar la voluntad de Dios como único móvil o actuar conforme a la voluntad de la carne pues esta última está siempre presente en nosotros.

 

Cristo prefirió la muerte  

antes que la desobediencia

 

Cristo vino a obedecer, Él escogió morir, padecer todo antes que no obedecer. Así Él  murió al pecado, pecado que jamás, ni por un momento, encontró una entrada a Su corazón. En cuanto a Él, tentado hasta lo sumo prefirió la muerte antes que la desobediencia incluso cuando la muerte tuvo el carácter de ira contra el pecado y de juicio. Amarga como fue la copa Él la bebió antes que no cumplir hasta lo sumo la voluntad de Su Padre y glorificarle. Probado hasta lo sumo y perfecto en ello la tentación que siempre Le asaltó desde afuera y buscó la entrada (pues Él no la tenía adentro) fue mantenida siempre afuera; nunca se entró en ella ni se encontró un movimiento de Su voluntad hacia ella; la misma tentación extrajo la obediencia o la perfección de los pensamientos divinos en el hombre; y muriendo, padeciendo en la carne, Él terminó con todo ello, terminó para siempre con el pecado y entró para siempre en el reposo después de haber sido probado hasta lo sumo y tentado en todo de manera similar a nosotros [véase nota 6] en lo que se refiere a la prueba de la fe, al conflicto de la vida espiritual.

 

[Nota 6]. En Hebreos 4:15 no es como traducen algunas versiones de la Biblia en español, "pero sin pecado", por muy cierto que ello sea, sino χωρὶς ἁμαρτίας (jorís jamartía), "apartado del pecado". Nosotros somos tentados siendo conducidos por nuestras propias concupiscencias. Cristo tuvo todas nuestras dificultades, todas nuestras tentaciones en la senda pero no tenía nada en Él mismo que pudiera conducirle al mal, — ciertamente lejos de ello, — nada que respondiera a la tentación.

 

La voluntad de la carne no actúa cuando el cristiano

se contenta con padecer

 

Ahora bien, lo mismo sucede con respecto a nosotros en la vida cotidiana. Si yo padezco en la carne ciertamente la voluntad de la carne no está en acción; y en lo que padezco  la carne está muerta de manera práctica, — es decir, ya no tengo nada que ver con los pecados. [Véase nota 7]. Entonces hemos sido liberados de ella, hemos terminado con ella y descansamos.

 

[Nota 7]. Pedro se basa en el efecto; Pablo, como siempre, va a la raíz, Romanos 6).

 

Si nos contentamos con padecer la voluntad no actúa; de hecho el pecado no está allí; porque padecer no es la voluntad, es la gracia actuando de acuerdo con la imagen y la mente de Cristo en el nuevo hombre; y nosotros hemos sido liberados de la acción del viejo hombre. Este viejo hombre no actúa; descansamos de él; hemos terminado con él, para no vivir más, por el resto de nuestra vida aquí abajo, en la carne conforme a las concupiscencias del hombre sino conforme a la voluntad de Dios, voluntad que el nuevo hombre sigue.

 

Baste ya el tiempo pasado para haber hecho lo que agrada a los gentiles (él habla todavía a los cristianos de la circuncisión), y cometer los excesos a los que ellos eran adictos mientras se extrañaban de los cristianos por rehusar hacer lo mismo; ultrajándolos por este motivo. Pero ellos tendrían que dar cuenta a Aquel que está preparado para juzgar a los vivos y a los muertos.

 

El juicio de los vivos y el de los muertos

 

Los judíos estaban acostumbrados al juicio de los vivos pues ellos eran el centro del gobierno de Dios en la tierra. El juicio de los muertos, juicio con el que nosotros estamos más familiarizados, no les había sido revelado claramente. Sin embargo ellos eran susceptibles de este juicio porque con este objetivo les fueron presentadas las promesas de Dios mientras vivían a fin de que ellos pudieran vivir conforme a Dios en el espíritu, o ser juzgados como hombres responsables de lo que habían hecho en la carne. Pues uno u otro de estos resultados se produciría en todos los que oyeran las promesas. Así, con respecto a los judíos el juicio de los muertos tendría lugar en relación con las promesas que habían sido puestas ante ellos. Porque este testimonio de parte de Dios ponía bajo responsabilidad a todos los que lo oían de modo que ellos serían juzgados como hombres que tenían que dar cuenta a Dios de la conducta de ellos en la carne, a menos que ellos salieran de esta posición de vida en la carne siendo vivificados mediante el poder de la Palabra dirigida a ellos y aplicada por la energía del Espíritu; de modo que escaparan de la carne mediante la vida espiritual que recibían.

 

El fin de todas las cosas se acerca

 

Ahora bien, el fin de todas las cosas se acercaba. Al hablar el Apóstol del gran principio de la responsabilidad en relación con el testimonio de Dios él atrae la atención de los creyentes al solemne pensamiento del fin de todas estas cosas sobre las que descansaba la carne. Este fin se acercaba.

 

Obsérvese que Pedro no presenta aquí la venida del Señor para tomar a los Suyos a Sí mismo ni Su manifestación viniendo con ellos sino ese momento de la solemne sanción de los modos de obrar de Dios cuando todo recurso de la carne desaparecerá y todos los pensamientos del hombre perecerán para siempre.

 

La destrucción de Jerusalén:

sus consecuencias y enseñanzas

 

Con respecto a las relaciones de Dios con el mundo en gobierno aunque la destrucción de Jerusalén no fue "el fin" ello fue de inmensa importancia porque destruyó la sede misma de ese gobierno en la tierra en la que el Mesías debiese haber reinado, y aún reinará.

 

Dios vela sobre todas las cosas, Él cuida de los Suyos, cuenta los cabellos de sus cabezas, hace que todo contribuya al mayor bien de ellos; pero esto es en medio de un mundo que Él ya no reconoce.

 

Porque no sólo ha sido desechado el gobierno terrenal y directo de Dios que tuvo lugar en los días de Nabucodonosor y en cierto sentido en los de Saulo; sino que el Mesías que debiese reinar en él ha sido rechazado y ha asumido el lugar celestial en resurrección lo cual constituye el tema de esta epístola.

 

La destrucción de Jerusalén (que iba a tener lugar en aquellos días) fue la abolición final incluso de los vestigios de aquel gobierno hasta cuando el Señor regresará. Las relaciones de un pueblo terrenal con Dios en el terreno de la responsabilidad del hombre habían terminado. El gobierno general de Dios ocupó el lugar del anterior; un gobierno siempre el mismo en cuanto a principio pero que habiendo padecido Jesús en la tierra aún permitía que Sus miembros padecieran aquí abajo. Y hasta el tiempo del juicio los inicuos perseguirán a los justos y los justos deben tener paciencia. Con respecto a la nación esas relaciones sólo subsistieron hasta la destrucción de Jerusalén; las esperanzas incrédulas de los judíos como nación fueron derribadas judicialmente. El Apóstol habla aquí de una manera general y en la perspectiva del efecto de la solemne verdad del fin de todas las cosas pues Cristo todavía está "preparado para juzgar"; y si hay demora es porque Dios no quiere la muerte del pecador y porque Él prolonga el tiempo de la gracia.

 

En vista de este fin de todo lo que nosotros vemos debemos ser sobrios y velar para orar. Debiésemos tener el corazón así ejercitado hacia Dios el cual no cambia, nunca pasará y que nos preserva a través de todas las dificultades y pruebas de esta escena pasajera hasta el día de la liberación que se acerca. En vez de dejarnos llevar por las cosas presentes y visibles debemos refrenar el yo y la voluntad y estar en comunión con Dios.

 

La posición interior de los cristianos; siguiendo a Cristo;

el ferviente amor y sus efectos

 

Esto lleva al Apóstol a la posición interior de los cristianos, a sus relaciones entre ellos y no con el gobierno general de Dios sobre el mundo. Debido a que son cristianos ellos siguen al propio Cristo. Lo primero que él les impone es el ferviente amor; no sólo la paciencia que impediría cualquier estallido de la ira de la carne sino una energía de amor que imprimiendo su carácter a todos los procederes de los cristianos entre sí dejaría de lado y de manera práctica la acción de la carne y pondría de manifiesto la presencia y la acción divinas.

 

Ahora bien, este amor cubría multitud de pecados. Pedro no está hablando aquí con la perspectiva de un perdón final sino de la nota actual que Dios toma, — sus vigentes relaciones de gobierno con Su pueblo; porque nosotros tenemos vigentes relaciones con Dios. Si la asamblea está en desacuerdo, si hay poco amor, si la comunión entre cristianos es con corazones estrechos y difíciles, el mal existente, los agravios mutuos, subsisten delante de Dios; pero si hay amor que ni comete ni resiente ningún agravio sino que perdona tales cosas y sólo encuentra en ellas ocasión para su propio ejercicio ese es entonces el amor sobre el cual se posa la vista de Dios, y no en el mal. Incluso si hay malas acciones, — pecados, — el amor mismo  se ocupa de ellos, el ofensor es traído de regreso, es restaurado por el amor de la asamblea; los pecados son quitados de la vista de Dios, son cubiertos. Se trata de una cita del Libro de los Proverbios, a saber, "El odio suscita rencillas, mas el amor cubre toda suerte de ofensas". (Proverbios 10:12 – VM). Nosotros tenemos derecho a perdonarlos, — a lavar los pies de nuestro hermano (compárese con Santiago 5:15 y con 1ª Juan 5:16). No sólo perdonamos sino que el amor mantiene la asamblea delante de Dios conforme a Su propia naturaleza de modo que Él pueda bendecirla.

 

Hospitalidad cristiana

 

Los cristianos debiesen ejercitar la hospitalidad entre sí con toda generosidad. Ella es la expresión del amor y tiende mucho a mantenerlo pues ya no somos extraños el uno para con el otro.

 

La responsabilidad de los dones

 

Los dones vienen después del ejercicio de la gracia. Todos proceden de Dios. Como cada uno había recibido el don él debía servir en el don como un administrador de la multiforme gracia de Dios. Dios es el que da; el cristiano es un siervo y está bajo responsabilidad como un administrador de parte de Dios. Él debe atribuir todo a Dios, de manera directa a Dios. Si él habla, debe hacerlo como un oráculo de Dios (1ª Pedro 4:11 - VM), es decir, como si hablara de parte de Dios y no de sí mismo. Si alguno sirve en cosas temporales que lo haga como en un poder y en una capacidad que proceden de Dios para que tanto si él habla como si él sirve Dios sea glorificado en todas las cosas por medio de Jesucristo. A Él, añade el Apóstol, pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.

 

Padecer por el nombre de Cristo

 

Después de estas exhortaciones él llega al padecimiento por el nombre de Cristo. Ellos no debían considerar las intensas persecuciones que venían a probarlos como si alguna cosa extraña les estuviera aconteciendo. Por el contrario, ellos estaban relacionados con un Cristo sufriente y rechazado; por consiguiente ellos participaban en Sus padecimientos y debían gozarse en ello. Pronto aparecería Él y estos padecimientos por Su causa se volverían en gran alegría en la revelación de Su gloria. Por lo tanto ellos debían gozarse al compartir Sus padecimientos a fin de ser llenados con gozo abundante cuando Su gloria fuese revelada. Si ellos eran vituperados por el nombre de Cristo esto era algo bienaventurado para ellos. El Espíritu de Dios reposaba sobre ellos. Era el nombre de Cristo el que traía el vituperio sobre ellos. Él estaba en la gloria con Dios; el Espíritu que procedía de esa gloria y de aquel Dios los llenaba de gozo al soportar el vituperio. El que era vituperado era Cristo, — Cristo el que era glorificado, — vituperado por los enemigos del evangelio mientras los cristianos tenían el gozo de glorificarle. Se observará que en este pasaje es por Cristo mismo (como ha sido dicho) que el creyente padece; y por eso el Apóstol habla de gloria y gozo en la aparición de Jesucristo lo cual él no menciona en el capítulo 2 versículo 20 y en el capítulo 3 versículo 17 (compárese con Mateo 5:10 y los versículos 11 y 12 del mismo capítulo).

 

La necesidad del pueblo de Dios de ser ejercitados

en el padecimiento individualmente: La disciplina de Dios

 

Entonces, el cristiano nunca debía padecer como malhechor pero si padecía como cristiano él no debía avergonzarse sino glorificar a Dios por ello. Luego el Apóstol vuelve al gobierno de Dios; porque estos padecimientos de los creyentes tenían también otro carácter. Para el individuo que padecía ello era una gloria ya que él compartía los padecimientos de Cristo y el Espíritu de gloria y de Dios reposaba sobre él; y todo esto se volvería en gozo abundante cuando la gloria fuese revelada. Pero Dios no se complacía en permitir que Su pueblo padeciera. Él lo permitía; y si Cristo tuvo que padecer por nosotros cuando Él que no conoció pecado no necesitó hacerlo para Sí mismo, el pueblo de Dios tiene a menudo necesidad de ser ejercitado en el padecimiento a título personal. Para este propósito Dios usa a los inicuos, a los enemigos del nombre de Cristo. Job es el libro que explica esto independientemente de todas las dispensaciones. Pero en toda forma de trato de Dios Él ejerce Sus juicios conforme al orden que Él ha establecido. Él lo hizo así con Israel; Él así lo hace con la asamblea. Esta última tiene una porción celestial y si ella se apega a la tierra Dios permite que el enemigo la aflija. Tal vez el individuo que padece está lleno de fe y de consagrado amor por el Señor; pero bajo persecución el corazón siente que el mundo no es su reposo, que él debe tener su porción en otra parte, su fuerza en otra parte. Nosotros no somos del mundo que nos persigue. Si el siervo fiel de Dios es aislado de este mundo mediante persecución ello fortalece la fe porque Dios está en ello; pero aquellos de en medio de los cuales él es apartado padecen y sienten que la mano de Dios estaba en ello: Sus tratos asumen la forma de juicio, siempre en perfecto amor, pero en disciplina.

 

El juicio comienza por la casa de Dios

 

Dios juzga todo según Su propia naturaleza. Él desea que todo esté de acuerdo con Su naturaleza. A ningún hombre recto y honorable le gustaría tener a los inicuos cerca de él y siempre delante de él; Dios ciertamente no lo querría. Y en lo que está más cerca de Él, Él debe desear sobre todas las cosas que todo corresponda a Su naturaleza y a Su santidad, — a todo lo que Él es. Yo quisiera que todo a mi alrededor estuviera lo suficientemente limpio como para no sufrir deshonra; pero en mi propia casa debo tener una limpieza tal como personalmente deseo. Por tanto el juicio debe comenzar por la casa de Dios: el Apóstol alude a Ezequiel 9:6. Ello es un principio solemne. Ninguna gracia, ningún privilegio, cambian la naturaleza de Dios; y todo debe conformarse a esa naturaleza o al final debe ser desterrado de Su presencia. La gracia puede conformarnos y ella lo hace. Ella otorga la naturaleza divina de modo que exista un principio de absoluta conformidad a Dios. Pero en cuanto a la conformidad práctica en pensamiento y obra el corazón y la conciencia deben ser ejercitados a fin de que el entendimiento del corazón y los deseos y aspiraciones habituales de la voluntad sean formados sobre la revelación de Dios y sean dirigidos continuamente hacia Él.

 

Qué se quiere dar a entender en la epístola de Pedro

mediante la palabra "salvación"

 

Ahora bien, si esta conformidad fracasaría de tal manera que el testimonio de Dios se dañaría por su ausencia, Dios que juzga a Su pueblo y que juzgará el mal en todas partes lo hace mediante los castigos que Él inflige. El juicio comienza por la casa de Dios. Los justos con dificultad se salvan. Evidentemente no es la redención ni la justificación, ni tampoco la comunicación de vida lo que aquí se quiere dar a entender pues aquellos a quienes se dirige el Apóstol estaban en posesión de ellas. Para nuestro Apóstol "salvación" no es sólo el disfrute actual de la salvación del alma sino la plena liberación de los fieles que tendrá lugar en la venida de Cristo en gloria. Todas las tentaciones son consideradas, todas las pruebas, todos los peligros por los que pasará el cristiano al llegar al final de su carrera. Se requiere todo el poder de Dios dirigido por la sabiduría divina guiando y sustentando la fe para llevar al cristiano de manera segura a través del desierto donde Satanás emplea todos los recursos de su sutileza para hacerle perecer. El poder de Dios lo logrará; pero desde el punto de vista humano las dificultades son casi insalvables. Ahora bien, si los justos, — según los modos de obrar de Dios que debe mantener Su juicio conforme a los principios del bien y del mal en Su gobierno; y que en modo alguno se negará a Sí mismo al tratar con el enemigo de nuestras almas, — si los justos con dificultad se salvaban, ¿qué sería del pecador y del impío? Unirse a ellos no sería la manera de escapar a estas dificultades. Al padecer como cristiano sólo había que hacer una cosa, — uno debía encomendarse a Aquel que velaba sobre el juicio que estaba ejecutando. Porque como se trataba de Su mano uno padecía según Su voluntad. Esto fue lo que Cristo hizo.

 

Dios conocido en Sus modos de obrar con este mundo

 y con Su pueblo en su peregrinación aquí

 

Observen que aquí no se trata sólo del gobierno de Dios sino que está la expresión: "al fiel Creador". El Espíritu de Dios se mueve aquí en esta esfera. Es la relación de Dios con este mundo y el alma Le conoce como Aquel que lo creó y que no abandona la obra de Sus manos. Este es terreno judío,  — Dios conocido en Su relación con la primera creación. La confianza en Él está fundamentada en Cristo; pero Dios es conocido en Sus modos de obrar con este mundo y con nosotros en nuestra peregrinación aquí abajo donde Él gobierna y donde juzga a los cristianos, como Él juzgará a todos los demás.

 

Capítulo 5

 

Exhortación a los ancianos como él;

lugar de Pedro como testigo de los padecimientos de Cristo

y futuro participante de la gloria

 

El Apóstol vuelve a los detalles cristianos. Exhorta a los ancianos siendo él mismo anciano; pues parece que entre los judíos este título era más bien característico que oficial (compárese con el versículo 5). Él los exhorta a apacentar la grey de Dios. El Apóstol se designa a sí mismo como uno que había sido testigo de los padecimientos de Cristo y que iba a ser participante de la gloria que será revelada. La función de los doce era ser testigos de la vida de Cristo (Juan 15), así como la del Espíritu Santo era testificar de Su gloria celestial. Pedro se sitúa en los dos extremos de la historia del Señor y deja el intervalo desprovisto de todo excepto de la esperanza y de la peregrinación hacia un final. Él había visto los padecimientos de Cristo e iba a compartir Su gloria cuando Él fuese manifestado. Es un Cristo que se pone en relación con los judíos, conocido ahora sólo mediante la fe. Durante Su vida en la tierra Él estuvo en medio de los judíos aunque padeciendo allí y rechazado. Cuando Él aparezca volverá a estar en relación con la tierra y con esa nación.

 

El punto de vista de Pablo

 

Pablo habla de otra manera si bien confirma al mismo tiempo estas verdades. Él sólo conoció al Señor después de Su exaltación; no es testigo de Sus padecimientos pero él procura conocer el poder de Su resurrección y participar en Sus padecimientos (Filipenses 3:10). El corazón de Pablo está ligado a Cristo mientras Él está en el cielo, está como unido a Él en lo alto; y aunque desea la aparición del Señor para la restauración de todas las cosas de las que habían hablado los profetas, él se regocija al saber que irá con gozo a Su encuentro y que regresará con Él cuando Él se manifieste desde el cielo.

 

El cuidado de la grey de Dios

en aras del Príncipe de los Pastores

 

Los ancianos debían apacentar la grey de Dios con ánimo pronto y no como por fuerza, ni por ganancia, ni como gobernando una herencia de ellos mismos sino como ejemplos de la grey. A la grey debía prodigársele amoroso cuidado en aras de Cristo, el Príncipe de los Pastores, con miras al bien de las almas. Además era la grey de Dios la que ellos debían apacentar. ¡Qué pensamiento tan solemne como tan dulce! ¡Cuán imposible es que alguno albergue la noción de que es su grey si se ha asido el pensamiento de que es la grey de Dios y que Dios nos permite apacentarla!

 

La perfecta gracia del Señor para con Pedro;

el deseo de su corazón; su recompensa

 

Podemos observar que el corazón del bienaventurado Apóstol está donde el Señor lo había puesto. "Pastorea mis ovejas" fue la expresión de la perfecta gracia del Señor para con Pedro cuando Él lo llevó a la humillante pero saludable confesión de que era necesario el ojo de Dios para ver que su débil discípulo Le amaba. (Véase Juan 21:15 a 19). En el momento en que Él lo convenció de su absoluta nihilidad, Él le confió lo que era más querido para Él.

 

Nosotros vemos así que la preocupación del Apóstol, el deseo del corazón, es que ellos apacienten la grey. Aquí y al igual que en otras partes él no va más allá de la aparición del Señor. Es en ese período cuando los modos de obrar de Dios en gobierno, — del cual los judíos eran el centro terrenal, — serán plenamente manifestados. Entonces la corona de gloria será presentada al que ha sido fiel, al que ha satisfecho el corazón del Príncipe de los Pastores.

 

Exhortaciones y estímulos

para obedecer los principios del gobierno de Dios

 

Los jóvenes debían someterse a los que eran más ancianos y todos sumisos unos a otros. Todos debían revestirse de humildad porque Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes. Estos son aún los principios de Su gobierno. Por lo tanto ellos debían humillarse  bajo Su mano y a su debido tiempo serían exaltados. Esto era encomendarse a Dios. Él sabía lo que era necesario. Aquel que los amaba los exaltaría a su debido tiempo. Él cuidaba de ellos; ellos debían descansar en Él, encomendar todas sus ansiedades a Él.

 

Exhortaciones a la sobriedad y a velar contra su adversario;

el Dios de la gracia llamando a Su pueblo

a compartir su gloria eterna

y estableciéndolo y fortaleciéndolo aquí

 

Por otra parte ellos debían ser sobrios y velar porque el adversario procuraba devorarlos. Aquí, —  cualesquiera que sean sus artimañas, con independencia de la manera en que él puede acechar a los cristianos, — el Apóstol lo presenta en el carácter de un león rugiente que excita una persecución abierta. Ellos debían resistirle firmes en la fe. En todas partes las mismas aflicciones eran encontradas. Sin embargo el Dios de la gracia es la confianza del cristiano. Él nos ha llamado a participar de Su gloria eterna. El deseo del Apóstol para ellos es que después de haber padecido por un tiempo el Dios de la gracia los perfeccionara, los hiciera ser completos, — los estableciera y fortaleciera edificando sus corazones sobre el fundamento de una seguridad que no puede ser sacudida. Él añade, "A él sea la gloria y el imperio".

 

Las circunstancias de los cristianos a los que Pedro escribía;

la esperanza y la paciencia del cristiano

 

Nosotros vemos que los cristianos a quienes Pedro escribía estaban padeciendo y que el Apóstol explicaba estos padecimientos sobre los principios del gobierno divino con respecto especialmente a la relación de los cristianos con Dios como siendo Su casa ya sea que esos padecimientos fuesen por causa de la justicia o por el nombre del Señor. Ello era sólo por un tiempo. La esperanza del cristiano estaba en otra parte; la paciencia cristiana agradaba a Dios. Dicha paciencia era la gloria de ellos si era por el nombre de Cristo. Además, Dios juzgaba Su casa y velaba sobre Su pueblo.

 

J. N. Darby

 

Traducido del Inglés por: B.R.C.O. – Mayo/Junio 2023

 

Otras versiones de La Biblia usadas en esta traducción:

VM = Versión Moderna, traducción de 1893 de H. B. Pratt, Revisión 1929 (Publicada por Ediciones Bíblicas - 1166 PERROY, Suiza).

Título original en inglés:
1 PETER, by J.N.Darby 
Synopsis of the Books of the Bible
Traducido con permiso
Publicado por:
Bible Truth Publishers
59 Industrial Road
P.O. Box 649
Addison, IL  60101
U.S.A.

Versión Inglesa
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